martes 27 de octubre de 2009
No solía creerme los dogmas estomacales que el mundo había tratado de imponerme por ser diferente. Solo podía aceptar que la vida transcurría en mis fantasías, mientras deseaba romper con las barreras que me impedían ser libre. Estaba cansado de mis limitaciones y ya no era rebelde solo por despecho con Dios sino por necesidad de sentir rebeldía.Vivir es cosa complicada, quizá porque existen muchos lugares en los cuales nuestra mano no logra tejer la red del destino. Quien sabe porque a veces todo parece llevar un rumbo tan opuesto al deseado.
Sombras volando sobre mi habitación y esa vieja ventana de cortinas alisadas poseída por la extasiante luz de una luna sepultadora de complejos... Entre las paredes de mi eterno encierro, simples recortes de seres extraños sugestivamente eróticos. Así era yo, un erótico producto de mi mismo.
Un televisor viejo, la comida de cada día sobre la mesita de noche y mi soledad había sido mis más sincera rutina hasta entonces. Quien me conocía sabía que la fatalidad de un parto complicad me obligó a fabricar la vida en pensamientos sin experiencias reales. Y así los días transcurrían con pasos de cinco por cinco metros hasta que desesperado de mirar por la misma ventana caía nuevamente en el sueño más profundo donde finalmente ansiaba que un ángel me rescatara. Pero como de costumbre, esa noche solamente el silencio me pertenecía.
La ciudad ardía entre el estupor y el invierno de otro día que no parecía ser muy distinto al anterior. Desde mi ventanilla descuadrada podía apreciar el cielo oscuro y estrellado, algo interrumpido por algunos hermosos nubarrones. Enchiladas y turbias mis pupilas se condensaban en botones oscuros y opacos que empezaban a llorar conmovidos cuando pensaba ¿en donde estará Dios?
Siempre me contaron que me mi madre me amo desde el primer momento en que me vio nacer, pero su debilidad no le permitió cuidar de mi. Desde que abandone la adolescencia esa historia ya había quedado en el olvido junto a la realidad de un padre que solo velaba porque no escapara de mi encierro ni me hiciera daño.
Con los años mis limitaciones se complicaron tanto que no pude recurrir más que a la distracción absoluta del televisor. Como una sombra pase desapercibido durante 33 años mientras me dedique a recrear una “doble vida” en sueños. Le bauticé "el canal". Era la ruta que había descubierto para descifrar el acertijo que moraba en mí, pero para accesarlo debia salir de aquella lúgubre habitación que no lograba más que alimentar mi retorcida paranoia.
Pero una tarde nuevamente me anime y evadiendo la vista oculta de mi padre aproveche el momento del descuido. Silvestres montañas y abruptos peñascos de roca complementaban el paisaje sideral de la noche. Solo entre piedras y polvo me levanté y empecé mi torpe caminar buscando lo alto de aquella montaña que cada día me llamaba desde mi ventana. Dios me resultaba un ser inescrupuloso que se burlaba de mi al ocultarse tras la miseria de mi vida y yo no pensaba perder más tiempo descifrando sus acertijos. Nadie me vio salir cuando escapé. Bajando por mil escaleras con tantas caídas como pude evitar, la impaciencia me dolía en formas cerebrales por tratar de saber a que lugar maravilloso me transportaría el Conducto una vez que lo atravesara.
Un arco enorme de piedra pulida de gran tamaño abría el camino hacia la ciudad misteriosa, la más incierta sin duda alguna. Con sus casas desordenadas y sus techos oxidados, ese paisaje se volvía hermoso durante una noche de alfa y omega.
A la distancia y más lejos todavía se desnudaba aquella punta de risco que parecía aguardar por mí.
El cielo estaba apenas despejado y se sentía en la piel un sabor a tibio. Todo había sido tan cíclico durante una vida de impedimentos físicos y mentales que tan solo me habían vuelto un inútil parael mundo.
Con la luna tamizada de esa noche llegué hasta la montaña que nacía justo al pie de mis impaciencias. Caminé sus senderos vacíos y olorosos a hierba mojada y con el aullar de los perros me fui alejando cada vez más buscando siempre la cumbre donde renacer. Era casi media noche y debía darme prisa para llegar antes del amanecer sin ser descubierto. Posiblemente ya me estaban buscando otra vez...
Mis huesos se estaban empezando a entumecer y mis piernas me estaban empezando a doler por el esfuerzo sobrehumano, pero mi mente permaneció más lúcida que nunca.
La montaña parecía un sombrero gigante con su copa en punta. El bosque se mostraba tenebroso en medio de aquel silencio y resultaba difícil escalar con tanto barro. Para mi mala suerte topé con varias barricadas de troncos podridos que me impedían avanzar de prisa, como si el destino conspirara para que lo pensara bien. Los relámpagos eclipsaron el que venía siendo un paisaje tranquilo, ideal para pensar en querer volver a la seguridad de mi encierro diario.
Continué escalando durante una hora más. Entonces me sentí tan exhausto que me detuve muerto de frío en aquel páramo helado de lúgubre bosque. El sueño de mis ojos desapareció cuado la mente me retumbaba en mil excusas para no desear seguir, pero nada lograría desviarme de mi objetivo.
Por fin después de horas de intentarlo encontré el lugar perfecto: una ladera a casi 500 metros sobre el nivel del mar. Miré abajo y no pude más ver que tinieblas y escuchar el susurro de las olas reventando sobre las piedras. Era tan solo cuestión de respirar. Miré tierna la noche y el resplandor de la luna otra vez renació entre los nubarrones como dando la bienvenida a mi último adiós.
Mis piernas tan cerca de las rocas que se desprendían en pequeños peñascos no querían reaccionar. No podía evitar sentir miedo. ¿Qué pasaría luego de todo esto? ¿Quién me recibiría luego de traspasar el Conducto? ¿Quién era yo y a quien le podía importar?
Retrocedí unos cuantos pasos y me derrumbé sobre el polvo. Levanté mis ojos al más precioso cielo nocturno que había visto jamás. La luna parecía mirarme y seducirme. Estaba más solo que nunca...
Con el rostro sucio por restregar mis ojos me puse nuevamente en pie y permanecí callado unos minutos y luego me envalentone. Retrocedí algunos metros y mientras respiraba a todo pulmón empecé a correr torpe y energicamente con estas piernas tan inútiles hasta que logre dar el salto más grande que pude sobre aquel filo de borde.
En la lentitud más absoluta mi vista quedó fija sobre el hermoso fondo de estrellas mientras caía hacia el fondo de aquel mar de tristezas.
Deje de sentír más mi cuerpo rompiendo a velocidad infinita con el aire y ese sentimiento de vacío cada vez más profundo cesó repentinamente.
A la mañana siguiente, el ruido de sus pasos me despertó exaltado. ¿Donde estaba? ¿Qué había pasado? De reojo miré con terror la bandeja de comida recién puesta sobre la mesita de noche como cada mañana, y el residual olor a tabaco que dejo al marcharse me hizo saber que el Conducto me había traicionado nuevamente enviándome al maldito punto de retorno una vez más...
